HYBRIS DIVINA
Escrito por Mario González
Lo inocuo deja de ocupar los espacios que para muchos se vuelven sagrados cuándo las sonoridades atacan sin clemencia, el torbellino comienza desde la profundidad más soterrada, para así atestarnos los golpes que severos se van volviendo, es un camino sin retorno en el cuál quedamos inmersos en un cónclave que se vuelve imperecedero, impresentable para el vacuo andar que por momentos se asesta en los segundos de nuestra existencia.
Desde el tormento que se produce en los cobardes de siempre, Hybris Divina erige sin clemencia el báculo del prestigio que quita los sueños de aquellos malditos que silenciados se encuentran por los siglos de los siglos, los cuales como borregos siguen rutinas llenas del vacío interior que inunda sus penas.

Oraculum silencia el ruido para dejar claro un mensaje que rompe lo ambiguo, quemando el cielo, volviéndolo de un rojo intenso el odio se siente llameante, regente, impío e imperecedero, la espera del destino terrible es con el miedo execrado del organismo, ya que la sangre es fuego vivo que se alimenta de tu nefasta vergüenza. El pesar golpea tu sien en cada riff que Oraculum manifiesta, porque no eres más que un iluso cordero que se atreve a disfrazar su piel con el pelaje de un lobo, pero en el centro de tu vida el miedo gobierna tu existencia.

El puño que a fuego vivo emerge para acallar tu ignorancia, enaltece el cuestionamiento a las verdades existentes, una voluntad de hierro es el escudo forjado en brazas ardiendo en donde Hybris Divina acaba contigo, cobarde misero.

«El reloj del mundo marca el fin de una era. Esto sin duda se convirtió en una pieza para acompañar el ritmo de ruina que nos hemos visto obligados a contemplar, como presenciar a un león devorando a su presa sin posibilidad de intervenir: pura naturaleza sin causa«
Hybris Divina surge para representar el combustible de nuestro espíritu. Del barro a la carne, de la carne al espíritu. La búsqueda de la trascendencia humana por encima de la voluntad de los dioses. El torreón de la tribu y la conquista de la muerte.
Nada ni nadie parecía poder doblegarlo. A pesar de la tortura diaria, de las cadenas y la falta de alimento, se mantenía fuerte en cuerpo y mente. Cada tarde, salía a la arena, cada día era un asesino, cada día era un vencedor. No podía desfallecer. Si lo hacía, no volvería a ver a su familia, y esa esperanza le daba fuerzas. Sin embargo, los dioses se cansaron de él. Los hierros que arrastraba fueron más pesados, cambiaron la celda por un robusto pilar, y el escaso alimento que hasta ese momento recibía se tornó nulo. Gruesas lágrimas caían por su rostro. Era consciente de que jamás se reencontraría con sus seres queridos…

