OLD MAN´S CHILD:
TRES CORONAS DE SOMBRA
SOBRE LAS RUINAS DE SANTIAGO
Escrito por Mario González
Fotografías por DIEGO
Existen momentos que no pertenecen al calendario, sino a ese territorio donde la memoria se pudre lentamente entre las páginas de antiguos grimorios musicales, noches en las que la ciudad parece desprenderse de su piel cotidiana para mostrar una anatomía más siniestra, una estructura de concreto y sombras sobre la cual el Metal levanta sus catedrales llenas de distorsión.
El martes 22 de septiembre, el Teatro Cariola recibió una ceremonia dedicada al Black Metal con tres nombres de distintas procedencias: los nacionales Sol Sistere, los británicos Hecate Enthroned y los noruegos Old Man’s Child. Una jornada que reunió bestiales atmósferas, melodías sombrías y un repertorio que llevaba años esperando su encuentro con el público chileno.
No fue simplemente una sucesión de agrupaciones sobre un escenario, fue un recorrido por distintas habitaciones de una misma arquitectura maldita, primero la introspección, después la teatralidad, finalmente la recuperación de una historia largamente aguardada.
SOL SISTERE
EL CONSUMIDOR DE LA LUZ QUE ENCEGUECE
La apertura quedó en manos de Sol Sistere, y no podría imaginarse una elección más apropiada para comenzar a descender por semejante espiral de oscuridad. Desde sus primeros acordes, la agrupación chilena desplegó una masa sonora densa, envolvente y profundamente atmosférica, sus riffs parecían arrastrar cadenas invisibles sobre un paisaje desolado, mientras cada golpe levantaba tormentas que aturdían con la persistencia de una condena escrita mucho antes del nacimiento de sus víctimas.

S. mediante sus registros vocales graves y prolongados, se convirtió en una especie de heraldo de territorios interiores devastados, sus vocalizaciones no parecían provenir de una garganta, sino de algún pozo olvidado donde las plegarias terminaron convirtiéndose en lamentos.
La ejecución instrumental sostuvo esa sensación de aislamiento, las guitarras se entrelazaron como ramas negras sobre un cielo sin estrellas, mientras Pablo Vera castigaba los parches con una contundencia que impedía que aquella atmósfera se transformara en una simple contemplación de ruinas.
Sol Sistere no necesitó disfrazar su identidad con artificios innecesarios, su presentación encontró la fuerza precisamente en esa capacidad para construir desolación mediante la música, convirtiendo el escenario en una extensión de esos paisajes interiores donde la esperanza parece una palabra escrita en un idioma extinto.
La banda nacional abrió las puertas del abismo sin necesidad de anunciar su existencia, bastó con dejar que sus composiciones hablaran desde las profundidades más inhospitas.
HECATE ENTHRONED:
EL BOSQUE DONDE LAS SOMBRAS APRENDIERON EL MAL
Si Sol Sistere representó el descenso hacia una geografía interior desolada, Hecate Enthroned apareció como una procesión de figuras surgidas de un bosque donde los árboles llevan siglos alimentándose de antiguas maldiciones. La agrupación británica, con más de tres décadas de trayectoria, protagonizó su debut chileno desplegando su característico Black metal melódico y sinfónico, la teatralidad de Joe Stamps fue uno de los elementos más llamativos de la presentación, sus registros vocales alternaron entre los clásicos shriek agudos y los guturales profundos, construyendo una interpretación que parecía cambiar de rostro con cada atmósfera infernal.

Su figura, envuelta en vestimentas oscuras y corpse paint, reforzó aquella atmósfera teatral, no parecía simplemente un vocalista interpretando canciones, sino el oficiante de una ceremonia imaginaria celebrada bajo las ramas de un bosque maldito.
Musicalmente, Hecate Enthroned encontró su fuerza en el contraste, riffs que dibujaban melodías sombrías, teclados que extendían una neblina espectral y una batería que mantenía el conjunto en constante movimiento, haciendo que cada composición parecía abrir una puerta diferente dentro de aquella arquitectura nocturna.
Hecate Enthroned evocó un paisaje donde la naturaleza abandona su rostro apacible para convertirse en una presencia ancestral e implacable prolongado esa sensación de encontrarse atrapado en una dimensión donde las leyendas sobreviven a sus propios creadores. La banda consiguió que la teatralidad no funcionara como un simple adorno, sino como una extensión de su lenguaje musical.
Hecate Enthroned convirtió el escenario en un bosque de sombras donde la melodía no ofrecía salvación, por el contrario apenas iluminaba, durante unos instantes, la profundidad de la oscuridad.
OLD MAN’S CHILD:
EL REGRESO DEL REY A SU TRONO DE CENIZAS
Y entonces llegó el momento que tantos seguidores habían esperado durante años. Old Man’s Child regresó a los escenarios después de aproximadamente veinticinco años de ausencia, y Santiago formó parte de esa reaparición mediante la gira Return to the Throne, la presentación del Teatro Cariola marcó, además, su debut en estas malditas tierras.
Existen bandas cuya música permanece suspendida en una época determinada, como retratos cubiertos por el polvo de una habitación clausurada. Old Man’s Child pertenece a esa categoría de proyectos cuya ausencia terminó convirtiéndose en parte de su propia mitología, pero anoche, la fotografía volvió a respirar.

Galder apareció sobre el escenario y la respuesta del público fue inmediata, después de tantos años de escuchar sus composiciones y contemplar las imágenes de sus antiguos discos, tenerlo finalmente delante representaba el encuentro entre una memoria musical y su existencia física. El comienzo con «Towards Eternity» y «King of the Dark Ages» abrió las puertas de aquel repertorio, mientras «Doommaker» y «Hominis Nocturna» permitieron apreciar la combinación de velocidad, agresividad y melodía que caracteriza a la banda. También sonaron «Born of the Flickering«, «The Soul Receiver«, «Twilight Damnation» y «God of Impiety«, entre otras composiciones que recorrieron diferentes momentos de su trayectoria.
La guitarra de Galder es uno de los pilares de la presentación, sus melodías parecían dibujar vitrales rotos sobre una catedral incendiada, mientras los pasajes más veloces levantaban una tormenta que no necesitaba destruirlo todo para demostrar su intensidad. En «The Dream Ghost» , todo adquirió dimensiones casi arquitectónicas, riffs bestiales , melodías sombrías y una construcción que parecía elevarse sobre los escombros de algún reino olvidado. «Unholy Vivid Innocence» profundizó ese contraste entre belleza y corrupción, mientras «The Millennium King» encontró una respuesta fervientemente intensa entre todos los malditos que llegaron a llenar el magnanimo epicentro.
Apareciendo una de las particularidades más interesantes de Old Man’s Child, su arquitectura no depende exclusivamente de la brutalidad, existe en ella una sensibilidad melódica que transforma la agresión en algo más complejo, una especie de elegancia torcida que se abre paso entre las sombras, los rifgs no solamente golpean también narran, los teclados no solamente adornan construyen escenarios, y las melodías no representan una salida del abismo, sino la posibilidad de contemplarlo todo desde una perspectiva diferente.
Old Man’s Child regresó a los escenarios para demostrar que ciertas composiciones no envejecen, permanecen enterradas, esperando el instante preciso para volver a reclamar su lugar entre los malditos vivos.

Clickea las fotos para verlas en grande!





