BOSQUE DE HUALLES
´HORAS LEVES´
Escrito por Mario González

Horas Leves no necesita levantar la voz para estremecer los cimientos del espíritu, es una obra que se desliza entre las grietas de la conciencia como una bruma ancestral, arrastrando consigo el perfume de la tierra mojada, el murmullo de los árboles y la tristeza de aquello que alguna vez floreció bajo un cielo indiferente.
Bosque de Hualles nos invita a internarnos en un territorio donde la naturaleza deja de ser un simple paisaje para convertirse en una presencia viva, misteriosa y profundamente introspectiva, su propuesta, construida alrededor de sonoridades acústicas, flautas e instrumentos tradicionales, prolonga ese diálogo entre la melancolía humana y la memoria de la tierra que caracteriza su destacado universo musical.

Horas Leves parece emerger desde un rincón olvidado del bosque, allí donde las raíces se entrelazan con los secretos de los muertos y las hojas marchitas conservan, entre sus nervaduras, el recuerdo de una primavera floreciente, no es una naturaleza complaciente ni una postal bucólica destinada a decorar los sueños, es una naturaleza solemne, enigmática, cubierta por el manto de una nostalgia que parece anterior a la propia existencia humana.
En el corazón de esta travesía habita la salvia chilena, humilde guardiana de aromas silvestres, cuyas hojas parecen conservar el aliento de los antiguos senderos, su presencia evoca una naturaleza que no necesita conquistar nada, simplemente permanece, observa y recuerda.
Bosque de Hualles encuentra en esa quietud una fuente de inspiración, las cuerdas acústicas semejan ramas que se inclinan bajo el peso de una lluvia interminable, mientras las flautas abren pequeñas grietas de luz en un horizonte donde la penumbra nunca termina de retirarse, las melodías parecen caminar descalzas sobre la hojarasca, recogiendo fragmentos de un pasado que el mundanal ruido ha intentado sepultar.
Cada inflexión sonora puede imaginarse como una hoja suspendida entre dos estaciones, todavía aferrada a la memoria del árbol, pero ya entregada al inevitable llamado de la tierra, la melancolía no necesita convertirse en estruendo, se manifiesta como una presencia silenciosa, como ese frío que penetra lentamente las habitaciones abandonadas y transforma los recuerdos en sombras que se resisten a desaparecer.

