BOSQUE DE HUALLES
EL SUSURRO TERRESTRE DEL CREPÚSCULO
Escrito por Mario González
Fotografías por Diego Presser
Existieron noches en que la ciudad pareció enfermar de silencio mientras en el subsuelo, bajo sus calles comenzó a despertar algo antiguo, algo que no pertenece al cemento, ni a la luz eléctrica, ni a las miserables geometrías de esta vacua modernidad, algo que viene desde abajo, desde la tierra llena de hierbas, desde la humedad acumulada entre las raíces, desde ese corazón telúrico que permanece latiendo aunque las personas hayan olvidado escucharlo.
No fue simplemente una presentación cualquiera, fue como introducirse en la boca húmeda de un bosque después de medianoche, cuando los árboles dejan de parecer árboles y comienzan a adquirir la silueta de enormes espectros, la música se alzó desde ese territorio como una exhalación de la tierra, cargada de musgo, podredumbre, savia y una belleza incómoda que no pide permiso para existir.
AVIS
La fauna entre las raíces

Avis emerge como una criatura de plumaje nocturno, suspendida entre la sombra y el viento, sus melodías avanzan como niebla entre árboles antiguos, dejando tras de sí una sensación de quietud hermosa, como encontrar un sendero perdido entre hualles después de una lluvia interminable, existe algo profundamente orgánico en toda su hermosa propuesta, composiciones que no pretenden adornar el paisaje, sino convertirse en él.
Se presenta como una invitación a detenerse frente al umbral del tiempo y escuchar aquello que el ruido del mundo suele mantener oculto, imagen poderosa que transmite miles de sentires, poesía desde el latir que se impregna en el alma, nos hace contemplarlas desde la profundidad de nuestras raíces, con el paso de las estaciones sin exigirle explicaciones al tiempo, ya que se vuelve efímero y se pierde por momentos.


La salvia de Avis continúo perfumando la tierra, cómo si la niebla desciendiera sobre los senderos, para inundarnos de su frescor que encabrita cada centímetro de nuestro cuerpo, las hojas se desprendieron de las ramas encuentrando su último descanso entre el musgo y la tierra, entre el mar y la cordillera. Y mientras el mundo exterior continúo devorando sus propias horas, el bosque permaneció con nosotros, allí, inmenso y silencioso, custodiando aquello que la memoria humana jamás consigue conservar por completo, el vuelo de las aves nos protegió del desvario, haciendo más llevadera la partida.
Porque existen horas que no se miden con relojes, sino con el lento crecimiento de las raíces, con el canto mañanero del Zorzal, con el intenso amor de los Cisnes, porque anoche el tiempo no desapareció, sino que se transformó en niebla, en aroma silvestre, en el vuelo de miles de aves y en el eco de una naturaleza que recuerda incluso cuando nosotros hemos olvidado.
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BOSQUE DE HUALLES
El bosque como templo de la imperecedera liturgia.

Imaginemos por un instante un sendero cubierto de musgo, perdido entre hualles centenarios, el viento atraviesa sus ramas y arranca de ellas un murmullo que parece contener todas las despedidas del mundo, no existe la necesidad de apresurar el paso, el bosque exige contemplación y cada rincón guarda una pequeña revelación para quien esté dispuesto a escuchar, imagen que resume buena parte del atractivo de una propuesta que se aparta de la urgencia cotidiana para recuperar el valor de la introspección.
Aquí la naturaleza deja de ser postal y recupera su condición primitiva, barro, corteza, musgo, savia, raíces que se retuercen bajo la tierra como venas de una criatura dormida, cada pasaje parece arrancado de algún bosque sureño donde la luz llega debilitada y las hojas guardan secretos que ningún hombre debería intentar traducir.


La naturaleza adquiere así una dimensión casi sagrada, no porque se transforme en un refugio perfecto, sino porque nos enfrenta a una verdad elemental, todo cuanto nace está sujeto a la transformación, las raíces se aferran a la oscuridad, los árboles envejecen, la lluvia erosiona la piedra, y sin embargo, algo persiste.
Quizás sea precisamente esa persistencia la que convierte la presentación de Bosque de Hualles en una bocanada que sabe evocar paisajes sublimes, con aquella posibilidad de encontrar belleza en aquello que cambia, se marchita y posiblemente en algún desaparece, para volver a comenzar su natural ciclo, la salvia chilena, con su aroma penetrante y su presencia silvestre, aparece aquí como una metáfora de resistencia, una pequeña criatura que se vuelve gigante pero que no necesita imponerse sobre el paisaje para formar parte de él.
Imagen que dialoga con el alma de Bosque de Hualles, música que encuentra su fuerza en la sutileza, que permite a los silencios respirar y que convierte la contemplación en una forma de acercamiento a lo desconocido, no se trata de una oscuridad que devora indiscriminadamente cuanto encuentra a su paso, es una penumbra vegetal, húmeda y contemplativa, donde incluso las sombras parecen guardar una delicada forma de ternura.
Bosque de Hualles nos transmitió una identidad en la delicadeza de sus recursos acústicos, en su orientación introspectiva y en esa sensibilidad que aproxima el paisaje a los territorios más reservados del alma, su universo musical permite imaginar una naturaleza que no permanece inmóvil, sino que respira, envejece y conserva las huellas de quienes alguna vez caminaron bajo sus ramas.
Anoche Mibar fue un oasis en el desierto mundanal de una gris ciudad, en dónde Avis y Bosque de Hualles trajeron lo que estamos perdiendo a manos llenas, creando una grieta, una fisura, la cual nos invitó a participar de una noche profundamente poética, llenándonos de un sentir que nos desbordó hasta la plétora.
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