DESATANDO LAS LLAMAS IMPÍAS DEL INFIERNO
El pasado jueves 30 de octubre, el Teatro Cariola abrió paso a un nuevo ritual de inframundo para presentar «Panzer Division Marduk» gracias a Chargola Prod.
Fotografías por : Luis Yañez

Profanator
Prorrumpió desde la profundidad más oscura, en donde los abismos son perpetuos y solo entregan un caos soterrado por el eterno, cada son que despacharon se encontraron con una lobreguez en estado puro, crudo, cavernario, primigenio, directo a liberar tus pensamientos que no necesita adornos que obstaculicen a esta bestialidad que destruyó a los asistentes que lentamente llenaban el Cariola.

Destrozando los cimientos de los dogmas, se conjugaron los riffs endemoniados con un ritmo denso y apabullante, llenos de una velocidad punzante que conlleva a la vez a momentos de una densidad soterrada, donde cada paso se vuelve un peso muerto. Torbellino de brutalidad extrema, vocales foscas, prietas, son el arpegio para encarnar el ritual, que abrió el paso desde el umbral, cruento sonido y de sobria propuesta, sigue compacto y demoledor, continuando el demencial ritmo que entregó una atmósfera cruda y brutal para comenzar a encender el lugar.
Undertaker of the Damned.
El cielo se cayó a pedazos, quebrandose en millones de fragmentos, la lluvia se volvió sangre de un impoluto rojo intenso, dejando un regadero de dolor sobre los malditos infectos, esos creyentes que vieron cómo su dios no es más que miedo y temor.

Undertaker of the Damned fue infectado por la miseria, desde sus raíces hizo ceder un paso atrás a los que no creían que todo podía acabar, la magnitud de las hordas que levantaron vuelo para asesinar desde la profundidad intensa, los cimientos que se volvieron a cada segundo un manojo de mentiras y delirios. Gritos llenos de lamentos y dolor fueron esparcidos por montón, porque vieron la severidad con que Undertaker of the Damned elevó la espada que asesina al cobarde cristiano, ese de caretas múltiples, que se pega en el pecho, porque su mezquindad eterna sólo lo hace más voluble al paso del tiempo. Ojos en llamas fueron clavados por la severidad con que Undertaker of the Damned incertó el aguijón que supura laceración, decapitando al nazareno que escondido por el miedo no pudo imaginar el suplicio eterno que vivirá.
El fuego abrió la luz que con candente calor sulfuró un Teatro en plena ebullición. Como lobos que acechan a su presa a través de los márgenes que la luna inyectó, Marduk abrió su presentación con furia y opresión, haciendo que la marea continuará su curso intenso, demostrándose desde el primer riff que hizo estallar a los cientos que repletaron el lugar.

Marduk se vuelve vil a cada paso que damos en conjunto con el rebaño que trae sombras a los días de sol inclemente, borrando la vida que se beneficia del astro rey que prendido en el cielo esta noche comenzó a desfallecer. Marduk nos calmó la sed de sangre que vamos cargando, es que a cada momento nos fuimos transformando en bestias sedientas de almas puras e impías, para así continuar con lo macabro que inundó cada nota esparcida con rabia, volviendo a cada ser en los portadores del eterno desfallecer.

Marduk nos reveló que el fin está cerca junto con el trazo que fuimos dando a la trágica muerte que el vuelo de socorro no es capaz de detener a tiempo, mientras los vientos ensordecedores que desde el escenario se van descollando hacen insalvable la pequeña luz de vida que va quedando, como becerros vimos marchar a ese gentío sin igual, llenos de miseria y dolor, que solo la muerte será su salvador. Fuimos imbuidos a golpearnos en un moshpit lleno de lucha y blasfemias, ya que el camino se traza unitario, más lo colectivo no se pierde en el camino con el ocaso del cielo, para sobrevivir en esa caldera, tuvimos que crecer como un sacrificio que realzó la llama integra, esa que prosperó en el centro de una explanada que se erigió como un báculo en llamas.
Cada riff fue una daga al colectivo a ese que emergió dentro de becerros podridos, esa comunión es el latido que golpeó una noche bajo la ráfaga de la división que no cuestionó en absoluto al ente destructor, es ahí donde Marduk atacó con virulencia para despejar cualquier duda de la vacua existencia.

Marduk nos inyectó sones de una intensa lobreguez que fueron el regocijo para todos aquellos que nos adentramos en este rito, la oscuridad perenne se hizo dueña de cada rincón en el momento justo en que comenzó la invocación, siendo una amalgama de ferocidad con distintivos matices que envolvieron con el sello particular que entrega esa bestia sin igual.

