APOCALYPTICA
EL RENACIMIENTO DE LOS ACORDES
Escrito por Meryth
Fotografías por Diego Presserg

Hay música que resuena más allá de un disco, más allá de un artista y más allá de un estilo. Acordes que juegan con el recuerdo de una banda en un pentagrama totalmente distinto, en notas silentes, melodías enrevesadas y violonchelos.
Apocalyptica trae de regreso a Metallica pero esta vez de la vereda del sonido clásico y pulcro de sus elegantes instrumentos en una jornada en donde el Teatro Cariola se convirtió en una sala de resonancias sublimes.
BOSQUE DE HUALLES

Desde el sur la naturaleza nos llama, inyecta paz entre las sombrías ramas de los árboles, entre el sonido del viento que se mezcla con la música que proviene de lo ancestral. Cierras los ojos y escuchas a Bosque de Hualles, delicado, profundo, doliente y a su vez esperanzador.
Sus cuerdas conversan entre la armonía y melodía de las guitarras acústicas mientras el bajo desde el fondo las une en una danza reparadora. La proyección de los instrumentos de viento desde el fondo mientras la percusión es calmada, fuerte y precisa se siente como una elevación del espíritu. Y es que todo aquí funciona como una catarsis. Y esto es algo que muy pocas bandas pueden lograr.
Un paseo por sus discos Remembranzas y Horas Leves es escuchado con atención por la audiencia que comienza a llenar el Teatro Cariola rápidamente. Los aplausos son solemnes luego de cada composición. “Crepuscular” abre la cofradía y se comunica con sus hermanas notas en “Sombra Mía”, “Duelos” y “Agreste”. Cada integrante se sume en su propio universo que habla de algo que va más allá de lo que puedes ver o tocar pero que de alguna manera, cerrando los ojos, puedes oír dentro de tu piel.
La presentación de Bosque de Hualles deja un rastro marcado en melodías tenues y penetrantes. Ha sido como un suspiro dentro del caos que es la vida, una travesía entre la tristeza y la melancolía que te transforma sin que te des cuenta y que termina en “Fuego Desolado” y “Madre Nutricia” como un abedul que te mece entre sus ramas.
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APOCALYPTICA

Es tiempo de recordar temas de antaño que renacen como algo virtuoso y fresco. Los finlandeses de Apocalyptica se toman el escenario y los fanáticos no dejan esperar ni un segundo para vociferar sus ovaciones. Tres violonchelos y una batería comienzan a sonar bajo el indiscutible y característico resonar de “Ride the Lightning” abriendo su viaje a través del Plays Metallica Vol.2 y el público ensordecido sigue los compases y se integran al show como un todo, incluso muchas veces cantando esas canciones que los acompañaron en la juventud.
El teatro está lleno y la energía exorbitante de Perttu Kivilaakso lo invade todo. Su violonchelo es técnico, rápido y sigue a los acordes como guitarra eléctrica entre efectos y distorsiones que hacen un excelente trabajo. Sabe llenar los espacios con un manejo de las cuerdas que asemejan riffs acelerados de guitarra. La tarima la recorre de lado a lado interactuando con la gente y disfruta de cada canción a concho.
Una exquisita presentación que teje una fusión entre el metal y la música clásica. Un golpe a los recuerdos que son proyectados con el más fino y prolijo de los detalles. Cuerdas que se aceleran para similar guitarras, otras que penetran profundas como un bajo y progresiones armónicas con melodías más estructuradas, muestran el manejo impecable de cada uno de los instrumentos.
Tocar canciones de Metallica es una cosa, pero crear arreglos que las convierten en algo totalmente nuevo, es otra. Y Apocalyptica lo sabe hacer de una manera magistral. La progresión sonora se continua con “Enter Sandman” seguido de cerca por “Creeping Death”, “For Whom the Bell Tolls”, “The Call of Ktulu” y “St. Anger” que por supuesto fueron coreada por los presentes. Una audiencia multigeneracional que nos recordó que aún existen niños capaces de disfrutar de la buena música y del buen metal.
El increíble sonido del compositor de la agrupación, Eicca Toppinen se toma la tarima, cada cuerda resuena poderosa, rápida y contundente. Se detiene unos segundos para hablar con el público y se continua prodigioso entre los arreglos enrevesados de canciones que nacieron de otras manos pero que encontraron un regreso a la vida luciendo otra piel.
Una segunda oleada de éxitos se deshila con “The Four Horsemen”, “Blackened”, “Master of Puppets” y “Nothing Else Matters” la cual fue coreada a todo pulmón por el Cariola en un acto digno de presenciar. Los aplausos caen concisos, feroces pero solemnes. Tres violonchelos y tres sonidos totalmente distintos. Cada canción baila con notas distintas y cada una de ellas es altamente rica en colores sonoros.
La profundidad y la base armónica de Paavo Lötjönen consiguen ecos de frecuencias bajas con líneas sonoras que asimilan el bajo eléctrico, haciendo que los solos y armonías se sostengan en las composiciones. Aquí se nota el estudio, la dedicación y la técnica; pero por, sobre todo, el amor a lo que hacen.
El show termina con los monstruos de “Seek & Destroy” y “One” dejando a los fanáticos en una especie de éxtasis que solo la música te puede entregar, siendo a lo lejos una presentación onírica y magistral.
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Agradecemos a Chargola Prod. y a PowerProd.
